12.18.2014

diario Cien años de soledad


Diario de cien años de soledad.


Hace algún tiempo comencé a leer por tercera vez la novela.

la primera vez la terminé y puedo recordar con precisión cómo afectó mis días cuando tenía 17 años y me sumergí una noche estival en las páginas y los años de Macondo. Recuerdo haberla terminado a las 5 de la mañana. Apagué entonces la luz y me acosté dormir sin que importara mucho el mundo, sin que nada externo hubiese cambiado. Había cambiado yo y mucho. Pasé los días siguientes alejada a todo, pensando en la estirpe de los Buendía, en Macondo, en Mauricio de Babilonia y los manuscritos de Melquíades.

La segunda vez la tomé y me pareció anodina. Creo que por aquel entonces estudiaba literatura en la universidad. No pude pasar de la página 20. Las tardes de calor me pedían libros donde yo me transportaba a espacios más bien románticos, yo estaba en la época descabellada en la que se busca el amor. 


La tercera vez la comencé a leer por un proyecto de trabajo con un alumno americano. En ese entonces ya me había mudado a Alemania. No había aprendido a hablar bien la lengua teutona. Estaba aislada y me había impuesto, en medio de aquellos inviernos, a leer solo en alemán. Y esos días que duraban muy poco y se desgranaban sin haberme otorgado los codiciados rayos del sol me daban de pronto la posibilidad y el permiso de leer un poco en español. Yo estaba deprimida. La situación de mi país era un desastre, no había visto a nadie de mi familia en un año y me encontraba absolutamente perdida con mi futuro profesional. Entonces estaba allí Macondo luminoso, en medio de la ciénaga, con esos colores y esas maneras de hablar de la vida que había dejado yo atrás para siempre. 

Transportarte cuando estás en un ambiente completamente ajeno a tu infancia siempre se agradece. EL pasado te devuelve y te centra. Entonces volví a abrazar a Cien años de soledad con el fervor de un creyente desesperado. Me aferré a cada uno de sus pasajes narrativos como si aquello hubiese sido una oración, un mantra que me mantenía en una letanía agradable, bienhechora.


Así mi corazón daba vueltas cuando Aureliano se marchó a la guerra, cuando Úrsula hizo su empresa de animalitos de caramelo. Me imaginaba las casas y las cosas, los letreros de las calles, el acento con el que articulaban las palabras los personajes. Todo tenía la calidez del trópico, ese sabor diáfano era algo dulce en mis días. 

11.28.2014

Vejez

Por qué te quejas de dejar a tus hijos solos, abandonados, si algo te pasase.

La vida es tan cruel que mermando ya en tus energías, en el término de tus edades, tu piel llena de surcos, tus ganas abandonadas, tus pañales, tu visión contenida en esa pequeña cuadratura, la de tus casi nulas posibilidades, no hay besos.

Qué dirían si pudiesen verte trepidando en tu respiración cansada, en tu silla de ruedas, mientras una inmigrante pobre te alimenta y cuenta los minutos para que termine su turno.


Podrías subirte a un árbol y volverte una hoja que cae descuidadamente en el sombrero de tu descendencia. Una ráfaga de aire haría invisible entonces tu delicada caída.

Afortunadamente, no están tus padres para verte.
Qué ilusos fueron pensando que siempre todo sería así como cuando eras niño.

Lo Cruel
en
realidad
es
lo más hermoso









11.24.2014

Mis horribles poemas

Este poema se me ocurrió porque estoy haciendo una actividad para mi página web de español.

El día está gris y es francamente horrendo.  Pero me pongo nostálgica, sentimental, supongo a todo el mundo le pasa.

Ahí va...

Estaba explicando el en cuanto...

y se me ocurre...

En cuanto tú me miras
abro yo más los ojos
eres un muñeco de goma
de pupilas caramelo
pero veo mejor...
Eres tú, sí. 
Nuevamente tú,
cada día.
Nunca me había fijado en tus zapatos
pero ahora trato de recordarlos
Tú barba está en el mismo sitio de antes
me estás mirando
y esto es una confirmación 
mientras se desgasta la vida
Comprobar tu exactitud me mantiene de pie.
Saber que mañana escucharé tu llave
mover la cerradura
mañana otra vez


siempre es bueno tener malos poemas para los días depresivos de otoño.


11.21.2014

Cosas que hago cuando hacen menos de 7 horas de sol para no deprimirme.

1. He comenzado a tomar vitamina D.
2. Escucho canciones pachangosas, es decir, desde Juan Luis Guerra, Pop puro y duro, mucha percusión.
3. Trabajar en mi proyecto.
4. Salir con los niños.
5. Buscar recetas de cosas ricas que preparar.
6. Ver un poco de tele en español.
7. Comer de manera descarada chocolate.
8. Hacer un poco de respiración que termina en meditación.
9. Salir a correr, pero cuando hace mucho frío, me pongo una rutina de yoga.
10. Cuidar mis plantas y mirarlas.
11. Preparar un café aromático.
12. Jugar juegos de mesa con mis niños.
13. Intentar quedar con gente, aunque ya quedo tanto que me canso un poco y necesito mi soledad.
14. Besar mucho a mis niños.
15. Hacer tartas o dulces.
16. Comer tartas y dulces.
17. Abrazar a mi esposo para dormir.
18. Tomar la decisión de empezar a leer otra vez en español, tal vez me ponga a buscar una selección de libros latinoamericanos.
19. Ver programas cómicos.
20. Salir a pasear en tranvía.
21. Comprar regalos de navidad.
22. Envolver los regalos.
23. Aunque no lleguen las encomiendas que mando a Venezuela, mandar algunas cosas a amigos.








11.16.2014

Confusiones extranjeras

Añadir leyenda
Cuando vas por la calle y estás en un país lejano, cuando normalmente tienes mucho tiempo sin visitar tu país de origen, cuando llega la navidad, y tienes más de 365 días sin ver a alguien de tu familia que no sean tus hijos y tu marido, entonces empiezas a ver cosas. Son como especie de alucinaciones voluntarias.

Camino por una calle del centro de Karlsruhe. Está repleta de gente porque se acerca la navidad y los alemanes no compran los regalos el día antes, no, se preparan concienzudamente, organizan en un Kalendar el tiempo que tienen libre y salen con el presupuesto medido, el papel de regalo planificado, la lista. Hay colas para pagar, para caminar, para montarte en el tranvía. Las colas me gustan, sobre todo porque los alemanes no salen mucho y cuando todo está lleno me siento acompañada. Es normal porque la vida aquí se hace mucho en casa, las calles repletas de gente traen a mi cabeza palabras distintas en distintos idiomas. Con el tiempo he aprendido a nombrar a las cosas según sea más preciso el término. Y he descubierto con el tiempo que hay términos más precisos o mejores para nombrar en un idioma o en otro.

Miro a la gente pero no con la fascinación de costumbre, no, los miro con algo que me ha ido pasando desde hace algún tiempo y que solo ahora empiezo a reconocer: Algunos tienen  los rasgos de gente conocida mía en Venezuela. Una mujer tiene el pelo de mi tía Rosita, o la boca de mi mamá, esos sujetos habituales me acechan, de pronto aparece un muchacho en el tranvía que se me parece a un amigo del liceo de mi hermano. Creo que es él, lo juro, es él, pero descubro que el muchacho no debe tener más de 18 años, la misma edad en la que recuerdo haberlo visto por última vez. Es curioso pero la distancia termina siendo como la fotografía.

Mis recuerdos se han quedado detenidos allá y yo los busco aquí, aún los sigo buscando. Es una reconstrucción voluntaria, apaciguadora, que tiene un mal final porque cuando veo los rizos y la boca de mi tía Rosita en una mujer en la calle, juro que va a hablar con mi acento, pero la escucho de pronto, y una ráfaga me trae su alemán sin rastro de acento extranjero.

Otra vez ocurre: Una mujer  se parece muchísimo a una muchacha de la universidad y termina siendo una madre  con cochecito que viene de la Schwarzwald.

Me encanta ese segundo previo, en el que no puedo escuchar aún sus voces, ese momento anterior en el que todo es posible, y voluntariamente me convenzo de que todo lo es, ese minuto es mi gran disfrute, mi encuentro con la melancolía. 

9.19.2014

Adiós, Venezuela.

Mis adorables hijos...
¿Qué es no poder sentirte confiado en hacer lo que necesitas? Me explico, ir a tu país de visita. Hace cinco años que no voy a Venezuela. Viví allí 30 años y desde hace 6 años no piso un avión para cruzar el Atlántico. No he sido capaz (tras ensayar mil veces buscado la ruta  Caracas Frankfurt) de comprar el vuelo. Tengo el dinero para comprarlo, pero por una extraña razón no me atrevo a hacer ese pequeño movimiento de dedo índice. No puedo apretar y continuar con la operación de compra. Ahora tengo hijos, dos. Veo sus caras inocentes, escucho sus voces y me da miedo llevarlos a aquél sitio. Me repetiría mil veces si dijese que allí la vida no vale nada. No vale, otra vez repitiéndome. Si bien es cierto que en un sitio como Nueva York o Londres ocurren crímenes, en estos sitios de capitalismo salvaje la delincuencia es más comedida que en Caracas.

Escribo porque me veo invadida por una especie de angustia. He llegado a un momento de mi vida donde siento que todo se ha devaluado. Que mis recuerdos se han ido perdiendo hasta tal punto que he tenido que renunciar a lo que fui durante treinta años y creo que es un poco como despedir para siempre a un amigo,a un familiar, o peor. Somos todos tan egoístas que en realidad lloramos a la muerte por nuestros propios recuerdos, nuestra vida pasada, renunciamos a lo era genuino en nosotros y aunque seamos muy jóvenes  habiendo sufrido estas perdidas nos desgastamos, despedir a tu país es desgastarte. Un ciudadano venezolano de 8 años  está desgastado. Imagino a ese niño recordando la galleta que ahora no puede comprar, mirando el pollo cada vez más menguado que su mamá le pone en el plato.
“La renuncia es el viaje del regreso del sueño” escribió Andres Eloy Blanco, pero no solo renunciamos a lo que soñamos, renunciamos también lo perdido, lo antes retenido entre las manos. Me vienen a la mente las luces de un paraje de Caracas,en corro, alrededor de ellos solíamos reunirnos y montar allí una minirumba con cervezas hasta entrada la madrugada. También hice muchas veces esto en Cumaná. Mis recuerdos de las noches  de descanso en una  hamaca guindada en la orilla de la playa, el sabor del raspado de colita, la intensidad del sol cumanés cuando me tocaba ir a la UDO a la una de la tarde, el olor de tierra mojada del patio de mi abuela lleno de matas de mango. 

En seis años no puedo saber cuánto ha cambiado aquello que fui. Sé que después de haber estado un año en Madrid volví a Caracas y me encontré al ateneo vestido de rojo con pancartas políticas. Aún Chávez no sabía que se moriría pronto. El ruido, el estruendo, lo desagradable del deterioro. La moralidad se descascaraba y la decencia se esfumaba para dar paso a la ordinariez, la desidia. Mis padres siempre me dijeron que ellos estudiaban en la calle, a la luz de los postes, con las puertas de sus casas abiertas, me contaban cómo podían confiar en los demás, cómo podían ser libres, completamente libres.

Ahora mismo me parece injusto que todo esto haya terminado así. Sí sé que mi niñez fue jodida. Estudié con niños estúpidos, sifrinos, que se creían superiores siendo idiotas. Crecí recibiendo el castigo del bulling porque era pobre, morena, introvertida. Pero no traduje mi sufrimiento y mis afrentas para seguir perdiendo. Tengo muchísimas razones para ser una chavista resentida y odiar con todas mis fuerzas a aquella casta de gente que siempre pisoteó a los pobres. Pero me niego y no soy una vendida. Es increíble seguir arrastrando sufrimiento y desastre en nombre de la reivindicación de los heridos, de los golpeados, los insultados, los perjudicados y los oprimidos. 

El sufrimiento pasado no justicia al nuevo. Es absurdo. Mientras viví en Venezuela creí que lo mágico, lo sobrenatural jugaba un papel importante en mi vida y en la de todos. Pero poco a poco, después de casarme con un ingeniero y de vivir en Alemania, me di cuenta que solo el trabajo continuado y riguroso hace que nuestra aldea vital sea habitable, agradable. Nos construimos un entorno bello porque trabajamos para que sea así. En Venezuela hemos tenido mucho chismorreo, y mucha credulidad, creemos que la estrella de la quinta constelación vendrá a sacarnos de todo, vendrá a hacer pagar al malo que nos pegó en la escuela. 

Estoy convencida que solo la honestidad y la valentía pueden sacar a mi país del terrible hueco en que se metió. Ahora mismo no es posible porque todo se ha envilecido de tal manera que solo una bomba muy ruidosa puede sacarles de la hipnosis. Espero no morirme antes de que se abra un camino de luz en Venezuela, que así sea.  

6.17.2014

La casa

A veces pienso todo lo que un ser humano sacrifica por una casa. Recuerdo cuando mi abuela, por ejemplo, dejó de estar con sus nietos, sus hijos, dejó de disfrutar de las cosas pequeñas y grandes de la vida, de conocer otras cosas, porque tenía que cuidar la casa. No fuese a suceder un robo y ella, una anciana de 75 años para aquél entonces, pudiese impedirlo con su propia presencia.

En España entonces conocí a mucha gente que gastaba el 70% de su salario para poder pagar una casa. Se levantaban un lunes en la mañana, aguantaban humillaciones de jefes y compañeros, pasaban   largas temporadas de mala leche, amargando el espíritu, solo para conseguir el dinero para pagar la casa.

Otros perdieron su vida pagando mensualidades astronómicas que nunca terminarían de cubrir, porque dentro de 40 años lograrían, por fin, comprar una casa.

Pienso que la vida dura a los sumo más o menos 70 años, siendo optimistas, hay mucha gente que se muere antes, y la mayor parte de la vida nos la pasamos haciendo cosas para mantener una casa, pagarla, ordenarla, limpiarla, adornarla.

Pero qué nos proporciona una casa.

1. Un espacio.
2. Un lugar propio que no se puede tener en otro sitio.
3. Nuestra privacidad y el lugar para poder expresar nuestro Ello, como diría Freud.
4. Cobijo cuando hay mal tiempo.
6. Territorio donde podemos sentirnos seguros, un sitio de escondite.

Dadas estas enormes garantías parece comprensible que la gente haga todas estas cosas para vivir dentro de la casa.

En África, sin embargo, lo más importante es un árbol, porque les da la sombra necesaria para poder sobrevivir a los calientes y exorbitantes mediodías.

Pero pienso que el mundo occidental debería reducir los espacios, no necesitamos una gran casa, no necesitamos sacrificar tanto por ella, no necesitamos pensar que los ladrones con nosotros dejarán de robar, no debemos cuidarla y sobre todo nunca debemos anteponerla a nuestra felicidad.


5.30.2014

Cosas curiosa, el doble.

Me ha pasado algo realmente curioso. He escrito un comentario para alguien en inglés, entro de nuevo al blog sin querer y me veo a mi misma, mi pequeña fotico de hace más de 4 años, con palabras que en este momento yo misma no entiendo.

No pude escribir eso.

¿De verdad fui yo?


Me desdoblo o qué...

Vuelvo a ver el último post que escribí en este blog y descubro que fue este mismo mes que casi termina.

Tampoco pude ser yo.

Tengo un doble que sabe mis claves y se mete en mis cuentas. Sabe mejor inglés que yo y escribe cosas que ya me gustaría decir a mi.

La idea del doble tiene algo de impenetrable. Aún me acuerdo de aquél libro que leí de Dostoiesky y que me gustó tanto, ese funcionario que descubre de repente que tiene un doble.

A mí los gemelos univitelinos  siempre me han parecido medio siniestros...

Yo recuerdo que había una leyenda urbana, no sé si me recuerdo que dicen que fue creada por Freud (disculpen mi ignorancia), en donde se explicaba que el encuentro con el doble, que existe, en serio que sí, era la sentencia inevitable de una muerte próxima.

De allí me dije: Dios me libre de encontrarme con mi doble...


jajajaja

Últimamente, cuando me siento particularmente mal, me imagino a mi misma abrazando a una yo que sé que soy yo y que con una mirada de orfandad me pide que le dé un beso, no me asquea besarme a mi misma, lo hago con un sentimiento fraternal, abrazo a la yo que me gustaría ser, con 10 kg menos, por supuesto, y luego, indefectiblemente me siento mejor. 

4.05.2014

fisch und leben verziehierung heraus

Ahora mismo escucho un audio libro de alemán.

Tengo 24 semanas de embarazo, este es mi segundo hijo.

 Hoy es un día lluvioso. Cuando salgo al balcón, lugar que he decorado con plantitas de colores cuyos nombres desconozco, me gusta. La combinación de la lluvia, la tierra y los nuevos y florecidos signos de la primavera me traen un olor que para mi es superior a cualquier perfume.

Tengo 859 días en Alemania. Por supuesto no he estado siempre aquí. Durante estas 122 semanas redondeadas hacia abajo conozco más donde vivo, puedo moverme bien en la ciudad pero no sé con precisión el nombre de las calles. Me gusta el país, el verde y la lluvia, las flores, la sobriedad y la sensación de montaña. Todo es distinto a lo que viví antes, porque yo viví en la playa, en un pueblo costero caribeño, esta es mi oposición.

 El idioma, la cultura, el color de cabello y de ojos de la gente son todo lo contrario a lo me define. Quien me viese de lejos no tendría ninguna duda: Es una extranjera. Supongo que cuando hablo quedan expuestas mis dificultades con la lengua, lo poco que me ajusto a la corrección del idioma. A pesar de esto, tengo una buena presencia que he ido perdiendo con los años.  He engordado algunos kilos, y con mi embarazo estoy más del lado de los gordos que el de los delgados.

Sigo viviendo con todo esto.

A pesar de todo esto me siento afortunada. He tenido la oportunidad de conocer otras culturas, de adaptarme, de moverme con simpatía y cada día me importan menos las cosas que menos importan.

He aprendido a ser, gracias a esta cultura, un poco más disciplinada, puntual y trabajadora. He ganado algo. En el fondo hubiese sido hermoso que el mundo con sus distintas divisiones, en vez de mirarse señalándose con el dedo, sin reconocerse, excluirse constantemente, se hubiese mezclado hasta la médula más esencial.

Las culturas ideales no deberían existir, a la final, puedo decir, que todos somos hermosos, y yo he ganado muchas cosas, ellos también ganarían si tuviesen un poco más de alegría, y espíritu caribeño.

Supongo que trazar líneas, dividir pedacitos de tierra, dispararle a tu vecino ha sido el deporte del ego de la condición humana.   Sería mucho mejor todo si todos alguna vez hubiésemos sido inmigrantes. 

1.13.2014

Pobres vivos



Miro cochecitos para arriba y para abajo, mamás poniendo caras  de locas para hacer reír a sus hijos, bebés abrigados contra el duro invierno; llevan sacos, guantes, gorros, bufandas. Busco a Nico en la guarde, o lo llevo, lo mismo da, las madres quitan con paciencia las ropas de invierno de los pequeños. A veces en las tardes, como están alborotados, se ponen a correr cuando los vienen a buscar sin hacer mucho caso, entonces el padre/madre, sin un solo grito o amedrentamiento, espera pacientemente que el niño vaya hacia ellos, este tiempo suele durar unos 3 minutos, entonces dicen una palabra firme, que apenas entiendo y el niño sin chistar se acerca para ser vestido y salir de la guardería.
Cuando voy a los parques, me suelo encontrar un montón de niños que juegan con ayuda de padres vigilantes, que hacen preguntas, explican cosas. La mayoría está preparada para que si el niño tiene sed sea satisfecho, si tiene hambre, también.
Los niños alemanes son poco espontáneos, a veces un poco egoístas con sus cosas, no suelen ser demasiado zalameros con los extraños, ni extrovertidos, ni preguntones, han sido programados por esta cultura, se están preparando en ella para ser políticamente correctos. Un día vi en el tranvía cómo a una niña se le derramaba el jugo de naranja que había traído de su casa y sus amigas, en vez de burlarse de ella, mofándose por un acto que resultaba evidentemente embarazoso, buscaban toallitas y pañuelos para limpiar sus zapatos, su chaqueta y su pantalón lleno de jugo. No pude contener la emoción cuando, habiendo terminado este acto de higiene, le preguntaron a la niña, “¿Estás bien?”,   Y sentí una bofetada de injusticia en mi cara, me dieron ganas de llorar, porque recordé mi absurda infancia, mi sufrimiento que ha dejado unas profundas marcas en mí por las burlas y las torturas que recibí durante años, solo porque un día se me había derramado un similar jugo de naranja en mis regazos.
 Allí entendí que esta era una cultura distinta, que había recibido, evidentemente, una muy dura lección; que se había preparado con mucho sacrificio para ser lo que es. Siempre es, desde luego, más divertido burlarse de los demás, criticarles, arremeter contra el otro faltándole el respeto, rebajando su dignidad, el agresor se siente superior en inteligencia y fuerza, entonces él gana, en parte.
Tengo dos años en Alemania y lo que más lamento profundamente es no haber venido antes. Me hubiese gustado aprender alemán a los 15 años, por ejemplo, estudiar en una buena universidad alemana, poder optar, con más chance a un buen trabajo. Porque este país, para empezar,  cuida con muchísimo esmero a los niños. Son una especie de reliquia que debe ser preservada y bien conducida y me parece admirable que sea así, porque dentro de 10 años y 20 y siempre, tendrán una sociedad respetuosa, trabajadora, disciplinada, pacífica. Tal vez no sea la sociedad más divertida, ocurrente, y  la que se la pasa mejor en el mundo, pero tendrán algo que ellos valoran y creo que la mayoría del mundo también (ya que veo aquí a inmigrantes de todas partes);  cierta seguridad, respuestas a sus problemas,  profesionales que sabrán hacer su trabajo cuando se les necesite, sin intentar joder a nadie.
Ellos saben que no joder a nadie es una ganancia ¿Quién cree  que los alemanes son pendejos? Los beneficios de aquellos vivos (jodedores de los demás) son pocos comparados con las devastadoras consecuencias.
Mi país vive a diario los efectos de esos vivos. Mi país eligió ser así, chévere, quítate tú que me pongo yo, dame el carguito, cobro sin trabajar, te mato, te asalto, te violo,  me llevo la comisión, cuánto hay pa’eso, qué trabaje otro, y así me burlo del otro, de su dolor, de sus problemas, me da igual su enfermedad,  porque al final me terminan jalando bolas y eso me gusta.  Sin mencionar que tuvimos, como un estandarte idolatrado, al vivo- astuto-gigante en vileza mayor,  que estuvo en el poder 14 años haciendo cualquier bajeza posible, destruyendo todo lo que antes quedaba,para ganar alabanzas falsas, poder y dinero. Qué zamarro nuestro ex presidente. Y estuvo allí hasta la muerte.
 Y qué pendejos somos, en verdad, quien haya vivido en un país como Alemania, quien haya intentado observar día tras día como he hecho yo su cultura y la forma que tienen de comportarse, quien haga una simple comparación de nuestra cotidianidad, cómoda, simple, agradable, eso sí, siempre trabajando y siendo responsables, se dará cuenta que al final trabajamos menos que los que viven en Venezuela. Y me digo todos los días, como venezolana, que hemos sido solo unos pobres pendejos.